EXPERIENCIAS DE UN VIAJERO
<<DETENIDO>>
Enero,2020.
7.10 a.m:
El carro en el que me encontraba, se dirigía a La Paz (Bolivia). De pronto, el moderno vehículo, empezó a disminuir su velocidad (de 100km/h pasó a 10 km/h y luego a 0 km/h).
—¿Qué sucede? –le pregunté a un pasajero sentado a mi lado derecho.
—Vamos a pasar por un puesto de control militar—me dijó. ¡Tranquilo! Solo nos revisarán nuestros documentos.
El puesto de control militar, era simplemente un cuartucho; corroído por los años que llevaba en desuso. Sus ventanas estaban rotas y las paredes se iban desmoronando poco a poco expulsando un polvo color gris que pululaba en la intemperie. Ese cuchitril sería el perfecto hogar para las ratas o las arañas.
Frente del carro, un soldado colocó un cono de color naranja. Los pasajeros aprovecharon la breve interrupción del viaje para parlotear.
—Señor conductor, mi hija no trajo su cédula de identidad1—dijó una señora, que vestía una pollera variopinta y sobre la cabeza reposaba un sombrero de alas anchas; negruzco, ornamentado con un largo lazo de color crema. —Hay que mandarla al último asiento. ¡Y, esperar que Dios, evite que el muchachito abyecto que se acerca le pida sus documentos! —dijó el chofer. ¡Pero, aun así, tiene que avisar más antes, señora!
—Muchas gracias, señor chofer—farfulló la señora de pollera, que empezaba a acomodar a su hija, como si fuese un bulto, en la parte posterior del vehículo.
El día estaba nublado. Las nubes formaban figuras extrañas en el cielo boliviano. Seguí de manera desinteresada, el vuelo de una gaviota hasta que este hermoso ejemplar desapareció en el cielo, dejando a su paso un cielo enmarañado de nubes de algodón.
—¡Gelatinas!, ¡Refrescos! —empezaron a cantar en coro varias señoras de tez morena, que ofrecían sus productos <<homemade >>, alrededor del carro.
Un soldado con su arma de reglamento en mano, se acercaba al vehículo a paso de tortuga. Llevaba sobre su enorme cabezota un casco de color verde metálico. Sus ojos reflejaban la maldad que cundía en su interior.
Después de que el soldado revisó los documentos al chofer, dio media vuelta al carro y se detuvo un momento para revisar de manera profesional el carro; mismo mecánico buscando una falla.
—Tranquila, hijita, no va a pasar nada—dijó la señora de sombrero negro de alas anchas. Cuando lleguemos a la Paz, te llevo a comer helados, tranquila mi niña linda.
—Piensa que llevamos algo ilegal en nuestros equipajes (droga, ideas capitalistas...)—dije—para mis adentros. Detrás del carro, otro soldado hizo parar una camioneta roja. El soldado abrió la puerta con mucha furia. Tenía la piel tostada por el sol y una nariz en la que tranquilamente cualquier pajarraco hacia su nido.
—Buenos días, señores pasajeros—dijó con voz solemne. ¡Rápidamente, todos me van a mostrar sus documentos!
Busque en los bolsillos de mi pantalón color caqui. Después de unos segundos que parecían horas, encontré mi DNI y mi TAM2. A mi flanco izquierdo aparecía el lago Titicaca; grande y de una belleza inconmensurable. Varios botecitos inertes flotaban sobre sus aguas.
—¡A ver, usted, sus documentos! —dijó el soldado. Su voz gastada y estentórea, causaba pavor. La mirada pétrea reflejaba esa maldad intrínseca, propia del ser humano que solo nació para hacer maldades. Me exasperaba la forma tan diligente con la que revisaba mis documentos. Sus ojos describían órbitas elipsoidales. Movimientos visuales de derecha a izquierda y viceversa. Movimientos visuales con esos ojos pícaros de arriba abajo y viceversa.
—¡Ya ha transcurrido demasiado tiempo! ¡Enciende el motor, arranca el carro, chofer, si no, no te voy a pagar! —amenazó un señor obeso, sentado en la parte de atrás.
El soldado esbozó una sonrisa. —¡Usted, el de polera roja! ¡Baje inmediatamente del vehículo, pero antes pague el pasaje completo al chofer y traiga su equipaje! —murmuró el soldado.
Me sentí alelado. Entumecido. Estupefacto. Anonadado. Humillado. Estúpido. De manera sumisa, me resigne a cumplir las órdenes del esbirro, que disfrutaba la escena y me observaba con sus ojos de diablo, con su cara de diablo.
Al bajar de la unidad vehicular, el viento rozó mi cuerpo con mucha fuerza. Era un viento maldito. Los pasajeros tenían la mirada fija sobre mi rostro. Me atisbaban con pena, como si me fueran a llevar a la guillotina o al patíbulo.
2.- La Tarjeta Andina de Migraciones (TAM) es un documento que se le entregará al ingresar a cualquier país de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) como Perú. Se trata de un documento de control migratorio de uso obligatorio. Permite el ingreso y salida de los territorios de Perú, así como Colombia, Ecuador y Bolivia.
Mientras le pagaba el pasaje completo al chofer, pese a que ni siquiera recorrimos la mitad del trayecto—le pregunté: ¿Por qué me han “detenido”? —él respondió—Seguro que tus documentos no están en regla. ¡Flaco! Te recomiendo una cosa, no te pongas bravo con los milicos.
El soldado boliviano tenía una voz que expulsaba truenos y que infundía autoridad.
—¡Sígueme, << perucho>>!
—¿Por qué me falta el respeto?, ¿Qué le pasa?
El soldado no se dio la molestia de responder mis incógnitas. Con una señal, elaborada con sus manos maltratadas por las inclemencias del clima, me indicó que lo siguiera.
La carretera lucía abandonada. Solitaria. Lúgubre. Los cerros; medianos e indómitos, me observaban como a un bicho raro y ahí comprendí cuánto iba a extrañar mi libertad.
Vaya experiencia 😅
ResponderEliminarQue buena redacción y uso del lexico, además de una historia entretenida.
ResponderEliminarEntretienes con tu blog, esta paja
ResponderEliminarbuenardooooo!!!!
ResponderEliminarmuyyy buenooooo
ResponderEliminarMe gusta la narración uu
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